¿Cuánto tiempo hace?

(Extractado del libro “Conciencia Misionera” de Andrés Robert)

 El misionero Hudson Taylor (fundador y misionero de la Misión al Interior de la China) cuenta que en sus reuniones en aquel lejano país, muchos chinos recibían a Cristo en la primera ocasión que escuchaban una clara presentación del evangelio.  Tal cosa ocurrió con el señor Ni, un ex budista y comerciante de algodón.  Era un hombre sincero, presidente de una sociedad idólatra, que gastaba mucho tiempo y dinero en el servicio de sus dioses, pero que no tenía paz en su alma: cuanto más practicaba los ejercicios religiosos, menos satisfecho se sentía. 

Una noche, pasando por una calle donde vio una puerta abierta notó que algo especial sucedía.  Estaba sonando una campana y la gente se reunía para un culto.  Entró y escuchó por primera vez acerca de un Dios que amaba al mundo hasta tal punto que había enviado a su único Hijo a morir en una cruz para poder pagar la cuenta de nuestros pecados. 

Cuando la reunión terminó el señor Ni se levantó de su asiento y mirando el auditorio dijo con sencillez: “Por mucho tiempo he estado buscando la verdad sin encontrarla.  He viajado por todas partes sin hallarla.  No he encontrado descanso en el confucianismo, ni en el budismo, ni en el taoísmo.  Pero ahora sí, en lo que hemos escuchado esta noche, he hallado reposo para mi alma.  Desde ahora en adelante seré un creyente en Jesús” 

Campo blanco, almas ansiosas preparadas por la acción soberana del Espíritu Santo, listas para ser conducidas al Salvador.  Se necesitan miles de obreros en todos los campos del mundo.  La cosecha de trigo de este verano no se puede dejar para el año que viene, pues se perdería totalmente. Con la cosecha de almas ocurre algo similar.  “Las almas que mueran hoy no podrán escuchar mañana” 

Pero hay algo más en la historia del señor Ni que nos conviene comentar. 

Llegó a ser un fervoroso estudioso de la Biblia y su crecimiento en gracia y sabiduría fue admirable.  Poco después de su conversión obtuvo permiso para di rigir una reunión en la sociedad religiosa que anteriormente había presidido y el misionero que le acompañó en esa ocasión quedó impresionado por la claridad y plenitud con que había presentado el evangelio a sus contemporáneos.  Por su testimonio se convirtió uno de sus seguidores de antaño y comenzó a sentir el gozo de ganar almas para Cristo. 

Pero fue precisamente este nuevo creyente quien algún tiempo después, hablando con el misionero amigo se sintió impulsado a preguntarle:

Hermano Taylor, ¿cuánto tiempo hace que en su país conocen las buenas nuevas del evangelio?

Con cierta vacilación, y tal vez sospechando cuál era el objetivo de la pregunta, Taylor contestó:

Algunos centenares de años…

¿Cómo dice?- replicó, sorprendido el nuevo creyente- ¿Centenares de años? Mi padre, como yo, buscaba la verdad y murió sin conocerla. ¿Por qué no vinieron antes? ¿Por qué tardaron tanto? 

Desde miles de pueblos, aldeas y ciudades, millones de almas con el angustioso lenguaje sin palabras de sus necesidades materiales, físicas y espirituales, sumergidas como náufragos en un inmenso mar de idolatría, fanatismo, superstición, esclavitud, sometimiento, sufrimiento y temor puede ser que nos estén diciendo: “¿Por qué no vienen?” 

Es un hecho evidente que:

Si no alzamos los ojos

No podemos mirar

Si no miramos,

No veremos los campos,

Si no vemos los campos,

No nos daremos cuenta,

De sus apremiantes necesidades,

Maduros para la cosecha

Si no vemos que están maduros,

No nos prepararemos para cosecharlos,

Si no vamos a cosecharlos,

La cosecha se perderá. 

Para Jesús el tiempo es ahora.  El dijo con singular claridad: “Me es necesario hacer las obras del que me envió mientras dura el día; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Juan 9:4)